El zapatismo, el único movimiento insobornable de México

Han pasado veintiseis años desde el levantamiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), y, a más de un cuarto de siglo, aquel acontecimiento en el sureste de México no ha dejado de ser un parteaguas y un hito en la historia del país. Francisco De Parres (Ciudad de México, 1985) es maestro en antropología social por parte de la Universidad Veracruzana y licenciado en comunicación social por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM). Actualmente se encuentra cursando el doctorado en antropología social con especialidad en análisis del discurso y semiótica de la cultura.

      Además de su vasto currículum académico, De Parres también es fotógrafo y ha dedicado gran parte de su quehacer artístico a retratar, justamente, las comunidades zapatistas. Su obra ha sido exhibida en distintas exposiciones como Zapata incontenible / Ima?genes de un he?roe transnacional en el Museo del Palacio de Bellas Artes; Emiliano Zapata: 100 an?os, 100 fotos en el Museo Regional de Guadalajara y en diversas universidades de América Latina, Estados Unidos e Inglaterra; Un mundo donde quepan muchos mundos, Arte Zapatista en Casa de las Ame?ricas en La Habana, Cuba; entre otras.

      De Parres conoce las raíces del zapatismo, su forma de vivir, y ha ido desentrañando a lo largo de los años su manera de comprender el mundo. Por tal motivo, concede esta entrevista a Notimex para ahondar en la cosmovisión y la estética zapatista, no sin antes dar un breve repaso de lo que fue y sigue siendo este movimiento social indígena que cautivó al mundo.

La resistencia

—El zapatismo hoy en día no sólo representa una parte importante de un proceso histórico en México, también es uno de los bastiones fundamentales de lucha no sólo para América Latina, sino para la resistencia mundial —dice Francisco De Parres—. Cuando el gobierno federal de aquel entonces [con Carlos Salinas de Gortari como presidente] anunció el 1 de enero de 1994, con bombo y platillo, la entrada de México al primer mundo, cuando se anunciaba desde la visión de una política de desarrollo y asistencialismo hacia la población (que actualmente se mantiene), los zapatistas demostraron que no era así.

      Hoy en día existen personajes, tanto del sector civil como del político, de derecha y de izquierda, que alegan que el zapatismo ya no es lo mismo que antes, que su discurso está caduco y que sólo quedan unas cuantas personas afiliadas a él. Pero, para De Parres, estos argumentos son totalmente falsos:

      —Cuando uno va a territorio zapatista se da cuenta que no es cierto. Ha habido desarrollo de infraestructura, cuentan con su propio sistema educativo y de salud al margen del Estado, con sus propios trabajos colectivos y de distribución de la riqueza, que la tasa de mortalidad se ha reducido drásticamente. También me atrevo a decir que el territorio zapatista es la única zona del país donde no existen feminicidios, cuando en el resto tenemos entre 9 y 12 mujeres asesinadas a diario. Y vuelvo a decirlo: hasta la fecha, aunque mucha gente se empeñe en negarlo, es una de las resistencias ante el gran capital y las políticas neoliberales del mundo.

La razón y la emoción

—¿Cómo explicaría la concepción estética zapatista de la vida?

      —Es interesante porque el zapatismo es, sin duda, el movimiento que tiene más acabada la relación intrínseca entre la estética y la política, aunque quizá no sea el único. Durante los primeros días del levantamiento de 1994, cuando entrevistan al entonces subcomandante Marcos [hoy subcomandante Galeano], él describe la toma de San Cristóbal de las Casas en forma de poema, por ejemplo. Eso nos da muchas pistas. El universo ideológico que compone al zapatismo abreva de diferentes vertientes. Por un lado los movimientos estudiantiles después de 1968 que fundan distintos núcleos guerrilleros y que algunos van a depositar su esfuerzo a Chiapas, por otro lado la influencia de la Teología de la Liberación, que con el trabajo del sacerdote Samuel Ruiz (Tatik Samuel, como mejor lo conocen) se ve impregnada de una especie de hibridación entre la ancestralidad de los pueblos y la misma ritualidad de la Teología. El tercer elemento serían las formas de organización y la propia ritualidad de los pueblos y las cosmovisiones mayas. No hay que olvidar que lo maya es una entidad mucho más grande que incluso abarca otros países, pero que en el caso de México, en el zapatismo, confluyen muchos otros grupos étnicos al interior. Todo ese tipo de elementos hace que se dé una prefiguración de lo que es estrictamente político, pero también de lo que es estético. Al decir que las esferas de lo político y lo estético conviven de manera orgánica en el zapatismo, podemos ver que no hay lo que vemos en el mundo de la modernidad capitalista: la división entre el trabajo manual y el trabajo intelectual, donde hay gente que se dedica, por un lado, a escribir, a ser artista, a ser intelectual, y por otro, la tecnificación de la mano de obra, que los ve simplemente como obreros. En territorio zapatista lo que vemos es una configuración más compleja donde las esferas de la vida, tales como la ciencia y el arte, no se encuentran disociadas de la cotidianidad. Nos podemos encontrar con un padre de familia que es campesino, que al mismo tiempo tiene sus tierras colectivas, que también es promotor de salud o educación, y que además hace arte.

      —¿Cree que sea necesario que nosotros, como sociedad occidental, adoptemos esa manera de vivir: el rompimiento de las divisiones entre arte, ciencia, política, sociedad y vida cotidiana?

      —Eso que comentas es fundamental. La perspectiva que yo estoy adoptando es una que mira las cosas desde un posicionamiento epistemológico que refiere a la transdisciplinariedad en conjunto con otro posicionamiento de la academia que es la decolonialidad, la cual dice que hay que descolonizarnos sin mirar las esferas del conocimiento y las actividades de la vida como elementos separados, algo que es muy típico de la ciencia moderna. Descartes dijo algo como: “Divide tu objeto de estudio en el mayor número de partes posibles para que sea más simple y puedas estudiarlo a mayor profundidad”. Pero la realidad no funciona así, sería mucho más factible y enriquecedor adoptar un posicionamiento más crítico frente a las actividades de la vida.

      —¿Hay alguna consecuencia que vea claramente al hacer esta disociación que menciona? ¿Podría dar un ejemplo?

      —Bueno, se puede ver desde muchos aspectos. Una de las más claras es desde la perspectiva que hoy está tan en boga: los estudios de género. A los hombres, desde una cultura tan machista como es la mexicana, se nos enseña que no podemos sentir, que tenemos que ser racionales y calculadores, y que no podemos llorar. Por otro lado, nos enseñan que las mujeres son más sensibles, más sentimentales. Cosas que considero absurdas. Ahora, en el ámbito académico que trabajo, yo sí creo que existe una continuidad entre la razón y la emoción, porque cuando se inauguraron estas categorías del pensamiento positivista se argumentó que debíamos despegarnos lo más posible de la realidad con la que trabajamos para estudiarlas con más objetividad. Yo creo que eso también es falso, porque en la construcción del conocimiento y del arte hay un bucle cognitivo razón-emoción con el que constantemente estamos interactuando. Eso, más que falta de objetividad, es mucho más profundo. Debemos hacerlo explícito y ver cómo es que impacta en el trato cotidiano que tenemos en la gente.

Tierra de sangre vital

—Hay otra cosa que me llama mucho la atención y es que esta manera de vivir de los zapatistas viene de más atrás, que es heredada incluso desde los mayas antiguos. Partiendo de esta premisa, que usted mismo menciona en sus textos, ¿cómo fue la transformación desde la Colonia, cuando eran esclavos, al siglo XX, donde se supone que ya no había esclavitud pero sí trabajadores baratos que, al final de cuentas, acaban siendo lo mismo?

      —La decolonialidad nos dice que el proceso de la modernidad actual, tal como la conocemos, inicia con el circuito comercial trasatlántico: la Conquista. Cuando los españoles se encuentran con un nuevo continente, al cual mal llamaron América porque los pueblos originarios insisten en referirse a él como Abya Yala [que significa “Tierra en plena madurez” o “Tierra de sangre vital”], comienza el tratado de mercancías y la acumulación de riqueza, despojando a otras poblaciones de sus propias tierras. Lo mismo sucedió con otras poblaciones de Asia y África. Es importante hacer énfasis en la Colonia porque en ese periodo inicia una disrupción de clases con base en la clasificación social, entre lo que es lo estético, lo político y lo artístico. Las características estéticas que se pueden encontrar encarnadas en el cuerpo de una persona sirven para hacer una clasificación social y ubicarla en una escala jerarquizada, no sólo de trabajo sino para valorar si son humanos o no. En ese sentido, de una manera simplificada, en la cima de la pirámide de las jerarquías estaría el hombre blanco, occidental, eurocentrista. En la base de la pirámide y lo que menos se valora, estraría una mujer, niña, indígena, pobre. Desde ahí también se empieza a caracterizar quién tiene el derecho a hacer arte, qué es considerado como arte y qué es considerado como artesanía, qué merece ser sacralizado y para el consumo del público, y qué merece ser observado como un objeto cualquiera.

      —Ahora, pensando ya en concreto en las distintas manifestaciones artísticas como la pintura, la música, la poesía, ¿cómo es que el arte y la creación han aunado a la construcción de las comunidades zapatistas y a su movimiento de resistencia?

      —En un libro de Yvon Le Bot llamado El sueño zapatista [1997], donde hace distintas entrevistas a personajes como el Subcomandante Marcos, el Mayor Moisés y el Comandante Tacho, ellos relatan que todos los lunes existían unas cosas llamadas las “Células culturales”, donde los guerrilleros se dedicaban a hacer poesía, a recitar canciones, representar obras de teatro, ver cine, y eso se puede rastrear en los comunicados zapatistas desde el año 1993. Ahí ellos cuentan cómo el arte es un mecanismo y una herramienta para la formación de cuadros de base. Y no sólo hacen arte los civiles, también son creadores las milicianas y los milicianos, la parte armada del movimiento. Para que te des una idea y dimensionemos lo que representa el arte para los zapatistas, también está la anécdota de la fundación del Municipio Autónomo Zapatista Ricardo Flores Magón [en Taniperla, Chiapas], donde una serie de muralistas (la mayoría de ellos indígenas tzeltales) realizaron un mural participativo llamado “Vida y sueños de la Cañada Perla” [1998]. Apenas terminada la obra, una incursión del ejercito federal entró al municipio para destruirla. Esto es muy significativo porque no sólo representa el mural por sí mismo, el arte para ellos es la condensación de los valores culturales, ideologicos, de lucha, y de comunidad del propio pueblo.

      —La destrucción del patrimonio cultural es un golpe muy bajo, ¿no lo cree?

      —Por supuesto, no cabe duda.

isión estética, poética, y artística

Al hacer arte, lo importante para las comunidades zapatistas no es el producto final, sino las experiencias y el proceso colectivo, participativo, que da como resultado una pieza estética que quedará como testimonio de ello para la posteridad. Quizá de esta forma se dé una manera de sanar heridas, de resarcir los problemas internos de las comunidades, y de crear sistemas educativos para la formación de seres pensantes, críticos y, sobre todo, empáticos.

      De Parres cuenta cómo es que se da esto y si realmente influye en el desarrollo de las comunidades:

      —Quizá alguno de los procesos que vemos más acabados es cómo con el paso del tiempo se fue dando el giro de la vía armada hacia la disputa del terreno cultural, de lo simbólico, que convive de forma dialógica. Lo cultural y lo poético se aúna de esa manera a la actividad militar del EZLN y eso se ve en los procesos creativos desde antes del levantamiento del 94, pero no es sino hasta 2016, quizá, donde se puede ver de manera más acabada todo esto. Para mí, estos ejercicios que los zapatistas hacen como el Festival CompARTE por la Humanidad y el Festival ConCIENCIAS, es donde se puede ver el proceso que ha llevado 20 o 25 años del movimiento. Ya que consolidaron su sistema de salud, educación, su propia defensa de territorios y de trabajos colectivos, es que pueden reflexionar, a través de la cultura, el arte, la pedagogía y su sentir, cómo es que han avanzado durante más de dos décadas. Eso también se traduce en el proceso colectivo de creación de las obras. Los Festivales CompARTE por la Humanidad duran una semana, pero las preparaciones son de cuatro a seis meses, y son las comunidades quienes deciden qué es lo que van a retratar. El Subcomandante Insurgente Moisés dice “en el arte nos tocó reflexionar qué es lo que hemos avanzado, cómo son las juntas de buen gobierno, cómo se ejerce el poder desde abajo, rotativo, representativo. Cómo entendemos la justicia, cuál es la historia de nuestros abuelos, y qué es la descolonización.” Para ellos el arte es una herramienta muy poderosa, un elemento profundamente reflexivo que ayuda a continuar con los procesos históricos.

      —¿Toda esta manera de comprender el arte es meramente zapatista o se extiende por más rincones del país?

      —Habría que hacer una reflexión profunda y remitirnos a los pueblos originarios y su visión estética, poética, y artística. Visión que hoy en día mantienen y que es mucho más compleja que la occidental. Ahora con el caso del aeropuerto de Santa Lucía, los ingenieros dicen que no habrá problema para que salgan los aviones siempre y cuando se tire el cerro que lo impide. En cambio para los pueblos originarios, la tierra no es sólo el lugar donde confluyen y habitan, es su relación con el universo, con la madre tierra, con sus ancestros, con la historia. Yo me atrevería a decir que esto se puede encontrar a través del arte de los pueblos originarios y que no es exclusivamente zapatista, pero esa relación de arte, estética y política, que a mí me ha interesado investigar, se ve especialmente acentuado en territorio zapatista.

      —¿Cómo ha sido la autonomía zapatista para los artistas?, ¿de qué forma ha sido el impacto de no depender de instancias como la Secretaría de Cultura, el INBAL, las becas del Fonca, los donativos, y todos estos mecanismos de subsistencia para los creadores?

      —Eso es muy interesante. Una de las trampas más grandes que ha construido el capitalismo es hacernos pensar que no podemos construir otros sistemas de producción, circulación y consumo que no sea ese, y lo tenemos muy interiorizado como sociedad. Pero si lo vemos al día de hoy, es un rotundo fracaso. Los zapatistas han sabido trabajar con autonomía, no sólo en el arte, sino en sus sistemas de educación, salud, y justicia, y eso uno lo puede ver cuando convive con las comunidades. Es interesante ver cómo una de las estrategias más comunes de contrainsurgencia por parte del gobierno ha sido que cuando se funda una clínica o escuela autónoma zapatista, a los pocos meses el Estado funda la suya a un costado para debilitar la autonomía de la otra. Pero como es inaugurada con esa visión asistencialista y paternalista, al final terminan siendo abandonadas y los zapatistas acaban aprovechando esas instalaciones.

Pasando a usted y su historia con el zapatismo, ¿de dónde nace su interés por trabajar con ellos?

      —Yo creo que como a todos los de mi generación, a pesar de mi corta edad (tenía 11 años en aquel entonces), recuerdo estar con mis padres viendo las noticias y ver algunas imágenes y escuchar una sarta de mentiras ridículas: Que eran “un grupo de extranjeros, terroristas, que pretendían invadir México” y otras cosas. Pero como niño te impacta mucho ver imágenes de gente armada y de los enfrentamientos en Chiapas, son cosas que se te quedan grabadas. Ese es, tal vez, el recuerdo más fresco que tengo. Ya en una edad un poco más avanzada, cuando empecé mi etapa de politización en la universidad, comencé a ver que las cosas no son tan tersas como te dicen en casa o en los medios oficiales de comunicación. Yo tuve la fortuna de estudiar la carrera de comunicación social en la UAM y también de escuchar punk años antes, un tipo música con una tendencia anarquista, que es una ideología que respeto mucho a nivel mundial y que se vincula mucho con el zapatismo. En la universidad teníamos espacios de reflexión y círculos de lectura donde estudiábamos la sexta declaración, leíamos los comunicados zapatistas, y en 2006 tuvimos la enorme oportunidad de recibir al, en aquel entonces, delegado zero [antes el Subcomandante Insurgente Marcos, hoy Subcomandante Galeano]. Ese día él pronunció un discurso y fueron momentos que me marcaron para siempre. Unos meses después es que se da la represión de Atenco [en ese entonces Enrique Peña Nieto era el gobernador del Estado de México] y en su recorrido por el país, el EZLN decide hacer base ahí para tratar de fortalecer la resistencia y de contener la represión del Estado.

      —¿Desde ese momento comenzó su acercamiento directo con el zapatismo?

      —Fueron dos momentos. El primero fue la marcha del silencio del 12 de diciembre de 2012. Los medios hegemónicos estaban hablando acerca del fin del mundo según el calendario maya. Y evidentemente, aunque el mundo ya estaba en crisis, los zapatistas nos sorprendieron a todos con una marcha multitudinaria. Fue muy impactante y esperanzador para todos nosotros, porque en ese momento se hablaba irónicamente de que los zapatistas habían desaparecido, pero no era así. En esos días incluso se dio un comunicado que, curiosamente, estaba escrito en forma de poema:

¿Escucharon?

Es el sonido de su mundo derrumbándose.

Es el del nuestro resurgiendo.

El día que fue el día, era noche.

Y noche será el día que será el día.

(21 de diciembre de 2012)

      “El segundo momento fue cuando tuve la oportunidad de acudir a una escuelita zapatista, que fue un ejercicio donde invitaron a todo aquel que quisiera aprender acerca de su forma de su organización y a ver cómo se constituye su autonomía. Fuimos a vivir con una familia zapatista durante una semana en territorio autónomo y teníamos un votán [que significa guardián], que además de guardianes eran nuestros maestros. De esa manera estudié los libros, viví con la comunidad, y dejé incluso lo estético, lo artístico y lo político a un lado, y vi de manera material cómo es cómo había sido y cómo es ahora la consolidación de esa autonomía. Convivir, platicar, y ver cómo hay un proceso de conciencia y de reflexión del pensamiento crítico en estos sujuetos que tienen la convicción de que esa es la única manera. Recuerdo que alguna vez le pregunté a mi votán:

      “—Y si no es el zapatismo, ¿entonces cuál es la vía?

      “—No existe otra—respondió”.

      —¿Es el zapatismo el único movimiento insobornable de México?

      —Yo creo que sí… y ahí ya no habría mucho más que explicar. Más allá de los cultos unipersonalistas que les gustan mucho a los medios hegemónicos, desde una visión clasista y racista que deposita los reflectores sobre los líderes, el zapatismo son miles de cabezas y por eso mismo es indestructible, porque justamente son un ejército del pueblo y para el pueblo. Y para comprar a miles de cabezas, la tienen muy difícil…

Fuente: Notimex/ Julián Crenier